2 feb 2012

Hidden Desires

Capítulo I


Escocia 1565. Castillo de Eilean Donan.


Era una noche fría y oscura de febrero. El aire que entraba por los miradores era tan cortante que casi convertía en cristales las desconsoladas lágrimas de Stephanie. El tiempo parecía suspendido sin memoria. La tristeza se había adueñado del Castillo de Eilean Donan en las tierras altas de Escocia: el fallecimiento del líder del Clan de los MacRae se hacía notar.

Stephanie tenía la mirada perdida en las suaves colinas verdes, ahora casi esfumadas entre la bruma, que le eran tan familiares. Absorta en su dolor no acertaba a comprender los últimos acontecimientos. Tan sólo unos meses atrás se había firmado una paz largamente buscada con el Clan MacKay, lo que no hacía más que añadir incertidumbre a las pocas noticias que aún se tenían de la muerte su padre.

La habitación estaba casi en penumbra. Las pocas antorchas que aún permanecían encendidas, apenas iluminaban la estancia. Hacía largo rato que se había apagado la chimenea, pero Stephanie ni siquiera había notado el frío que se extendía como un lúgubre manto. No sentía nada. Ni hambre. Ni frío. Ni sueño. Era tan grande el dolor por la pérdida de su padre que era incapaz de salir de ese estado de inconsciencia que te previene de la desesperación en los primeros momentos. En su mente no cesaba de dar vueltas una misma idea: se había quedado sola, a merced de un destino incierto y caprichoso, a merced de su tío Richard, en unos tiempos en los que una mujer era menos que nada. Se preguntaba cómo era posible que en tan sólo seis días, su vida hubiese sufrido un giro tan irremediable. Las luchas por ostentar el poder en el clan no se harían esperar, y estaba segura de que su tío haría todo lo posible por llegar a ser el jefe del mismo. Y a cualquier precio.

Stephanie era hija única, no tenía hermanos, no estaba casada… Se había quedado tan sola… Su padre siempre le había aconsejado que se casara. Muchos de sus posibles pretendientes habían sido muy codiciados por otras jóvenes damas, pero ella siempre rechazaba la idea de un matrimonio por conveniencia. Sir Charles, siempre pendiente de las necesidades de su hija, temía que quedara indefensa, desvalida en un tiempo de luchas violentas entre clanes escoceses, e ingleses. En un mundo de hombres para hombres… Pero ella nunca prestó demasiada atención. No le interesaba demasiado. Sin embargo ahora cuánto se arrepentía de no haber seguido sus consejos. Apenas su progenitor hablaba de esponsales ella sonreía y cambiaba de tema. Conseguía evadir la cuestión con tanta astucia, que hasta su padre aceptaba su obstinación de buen grado. No tenía prisa ni necesidad de nadie que no fuera su amadísimo padre. Pero si al menos ahora hubiese tenido un marido, o un pretendiente, seguramente no estaría tan indefensa, tendría un hombro donde llorar y apoyarse, y lo más importante, el liderazgo del Clan no se vería en peligro.

Stephanie siempre había tenido una visión romántica del matrimonio y soñaba con llegar a vivir algún día un amor como el de sus padres. Sin darse a penas cuenta, se había forjado todo un mundo de sueños donde sólo había espacio para el matrimonio como imaginaba lo habían vivido ellos. Y aunque apenas recordaba a su madre, lady Mariela, su padre no había dejado transcurrir ni un sólo día sin hablarle de lo maravillosa que era, de lo bien que lo pasaban juntos, de cómo quería a Stephanie y de cuánto se parecía a ella.
Por desgracia, de su madre tan sólo conservaban algunos trajes que guardaban con especial recelo, un retrato que le hiciera en su Italia natal un joven maestro llamado Leonardo y un camafeo, regalo de boda de su familia materna, de la que tenía muy pocas referencias. Todos los efectos personales que no habían desaparecido tras su trágica muerte, habían sido guardados cuidadosamente y con cariño en una habitación del castillo que solía ser visitada por Sir Charles, en sus momentos de añoranza. Lady Mariela era recordada por todos cuántos la conocieron como poseedora de una gran belleza, y no solo física. Por eso quizá su repentina muerte causó gran consternación y desconcierto en gran parte de los habitantes de las tierras altas de Escocia. Y una gran e irreparable pérdida para Sir Charles y Stephanie.
¡Cuánto hubiera dado por conocer a su madre! Si al menos ahora pudiese contar con su amor y su consejo, con su apoyo, todo sería distinto. En estos momentos más que nunca, echaba en falta el calor materno. Sabía que se avecinaban tiempos duros, difíciles, plagados de desencuentros, provocados por las luchas que se desencadenarían por el ansia de asumir el poder en el Clan.
Pero lo peor llegaba a la caída de la tarde, cuando la actividad diaria terminaba y el silencio se adueñaba de todos los rincones antes bulliciosos del castillo, y todos iban replegándose en sí mismos. Vivía cada una de las noches pasadas sin su padre como un castigo. El dolor de su ausencia era tan intenso, que le era imposible aceptar que debía seguir con su rutina habitual. No comía. No bebía. Conciliar el sueño era casi un milagro: las noches eran eternas y en esos instantes de absoluta soledad añoraba los recuerdos felices para ahuyentarla. Como si fuese posible recuperar el ayer. Y se encontraba una y otra vez evocando cualquier momento que le devolviese su presencia. Y así, dibujando en su rostro una suave sonrisa, recordaba como Sir Charles MacRae la había enseñado más de lo que cualquier mujer de su condición hubiese podido soñar. A cazar, a montar a caballo y a manejarse en el bosque mejor que cualquier caballero de su edad. Sabía leer y sabía cómo llevar un castillo… Para él fue el hijo que nunca tuvo. Después de la desdichada muerte de su amada esposa, Steph lo fue todo. Con mucho tesón y paciencia consiguió que Stephanie se pudiera defender bien ante cualquier adversidad, fuese del tipo que fuese. La había enseñado todo lo que se podía saber sobre la guerra, el Consejo, el gobierno de sus tierras, y lo que era más importante, cómo mantener unidos y vivos los intereses del Clan. De haber sido varón, sin duda alguna, hubiese sido digno sustituto de su padre.
Pero nadie le había enseñado a vivir sin él. Nadie le había prevenido de ese torrente de dolor que no le dejaba ni respirar sin añorarle. No estaba preparada para eso. Todavía no. De ningún modo. Todo había cambiado tan bruscamente que se sentía abatida. Todas sus expectativas habían desaparecido de golpe. Ahora ya sólo iba a ser una bella damisela en manos de hienas sin escrúpulos.
Sabía perfectamente que su tío, Lord Richard, quería el cargo de jefe y, seguramente, no tendría miramientos para conseguirlo. Seguro que ya tendría decidido qué hacer con ella: la casaría con su primogénito, su primo Alfred.
¡No! ¡Dios, qué horror!
¡No! Casarse con Alfred. Antes preferiría la muerte.
Alfred era un ser abyecto y cruel que destruía todo lo que tocaba. Aunque había que reconocer que gozaba de cierto atractivo y era popular entre los círculos femeninos, no podía ni imaginarlo sin sentir escalofríos.
De pronto, la puerta de su dormitorio se abrió sin previo aviso.

- ¡Lady MacRae! ¡Lady MacRae! ¡Apresúrese, Lord Richard esta aquí!- era Martha su niñera desde la cuna, que entraba exhausta por la carrera.

-¿Tan tarde?- dijo secándose las lágrimas con sus delicadas manos. Estaba ya muy entrada la noche y no los esperaba hasta el día siguiente.

- ¡No puede ser! ¿Martha, estas segura? – preguntó muy extrañada.

-Si milady, uno de los campesinos vino para advertirnos de su llegada.

-¡Pero no les esperábamos hasta mañana!...- dijo apesadumbrada por el dolor y el cansancio acumulado.

Ambas bajaron las escaleras tan rápido como pudieron y una vez llegaron a las puertas del salón, Stephanie dio órdenes a su fiel doncella para que preparasen dos dormitorios para Lord Richard y Alfred.

-¡Martha, hazlo lo más rápido posible, por favor! Ya sabes lo impaciente qué es Lord Richard.

-Si milady, no se preocupe – respondió.

Entró en el amplio salón, sumido en una penumbra que le daba una belleza casi espectral. La chimenea, ajena a horarios, era el único foco de luz. Las antorchas estaban apagadas. Fue encendiéndolas mecánicamente y al azar, con desgana. El cansancio estaba haciendo mella en su delicado cuerpo. Sobre los descarnados muros, pinturas desdibujadas por las sombras narraban los mejores tiempos de los MacRae. Pero no se recreo en ellas cómo hacia otras veces. Los nervios ante la inminente llegada de sus parientes la hacia dar vueltas, en círculos, por el salón de armas donde solía reunirse con su padre después de las cenas. Estaba inquieta. No entendía el porqué de la llegada de su tío a esas horas de la noche. Seguro que sólo quería incomodarla.
De pronto se escuchó el fuerte golpe de las pesadas e imponentes puertas del Castillo al abrirse. Eran su tío y Alfred como le habían anunciado. Irrumpieron entre voces y risas sin ningún miramiento ante lo improcedente de la hora. Seguramente llegaban un poco ebrios. Lord Richard vociferó:

-¡Stephanie!!! ¿Dónde esta mi sobrina favorita? ¿Es que no vas a salir a recibir a tu tío como es debido?

Mientras vociferaba se dirigía a grandes zancadas hacia el salón de armas. Una vez allí exclamó exultante:

- ¡Magnífico, estás aquí! Pensaba querida sobrina, que no querías recibirnos. Está todo tan silencioso que Eilean parece abandonado a su suerte…

-Querido tío, como puedes decir eso – contestó con cierta acritud mientras se acercaba a él para darle un frío beso en la mejilla. Al aproximarse notó un fuerte olor a alcohol.

-¿Están preparadas ya nuestras habitaciones?- preguntó impaciente.

En ese mismo instante apareció Alfred por la puerta. Mirando maliciosamente a su prima, dijo con voz melindrosa:

- ¡Hola primita! ¿Podemos acostarnos, ya? Estamos agotados del viaje. – espetó desafiante.

-Vuestras habitaciones estarán enseguida – contestó nerviosa. La presencia de Alfred la turbaba. No le gustaba su voz engolada, la manera en que la miraba; hasta su misma presencia la descomponía. Muy a su pesar, le tenía miedo. Sabía lo vil que podía llegar a ser.

-Estamos cansados del viaje y desearía irme a dormir lo antes posible - replicó Lord Richard en tono conciliador.

-Sí tío, sólo será un momento. Mientras, si así lo deseáis, puedo mandar que os preparen algo para cenar.

-No, querida prima, ya hicimos un alto en el camino. Pero… ¿no nos esperabas? -preguntó Alfred burlonamente.

-No… Sí – se apresuró a corregir Stephanie - Pero no esta noche, creí que llegaríais mañana. Por eso no está todo a punto. Os pido me disculpéis. La muerte de papá… En fin… – suspiró – Los preparativos de vuestras habitaciones no se demorarán mucho.

-No te preocupes prima. Durante la espera podré seguir disfrutando de tu compañía – dijo ladinamente. Cuánto le agradaba incomodar a su prima. Era tan fácil…Y era tan excitante ver como una mujer tan bella se replegaba, que no le importaba en modo alguno ser grosero - Sabes… la luz de la lumbre… nos deja intuir… tus encantos… Casi había olvidado lo excitante que puedes llegar a ser, primita – se podía ver con claridad la lujuria en sus ojos.

Stephanie llevaba un camisón y bata blancos, sujeta por fino lazo de raso negro por debajo del pecho, lo que marcaba exquisitamente su silueta. Su larga y oscura melena le caía desordenadamente por los hombros haciéndola estar deliciosa. Con los nervios no se había percatado de que la luz del fuego hacía que se transparentase su ropa atestiguando una armoniosa figura, lo que no hacía sino aumentar, aún más, los deseos enfermizos y poco fraternales de su primo Alfred.
Lord Richard miró fijamente a su hijo con reprobación y esbozó una leve sonrisa para Stephanie. Se hizo un silencio tenso que pesaba como una losa.

Providencialmente apareció Martha -Milady, milord, señor… -haciendo una leve reverencia, añadió con recelo -Las habitaciones ya están listas ¿desean algo más?

-No, gracias Martha, puedes retirarte. No necesitaremos nada más esta noche. Yo misma indicaré a Lord Richard y a mi “apreciado” primo sus aposentos.

-Bien. -Stephanie suspiró e hizo una pausa. –Tío… Alfred… Si me seguís os acompañaré a vuestras alcobas. Espero que os agrade nuestra elección –dijo con la voz más neutra que pudo. Las miradas de Alfred eran cada vez más importunas. ¡Cuánto odiaba a su primo! Pero debía procurar que no se notaran sus sentimientos. Tenía que mantenerse fría.

Stephanie salió al pasillo con paso decidido, intentando que no se percataran de lo incómoda que le resultaba su presencia. Alfred disfrutaba de la situación. Parecía disfrutar mucho exasperando a su prima.

Como si le hastiara el malestar que le causase su hijo, Lord Richard se apresuró a comentar complaciente:

-Querida, no dudamos de tu buen criterio. Seguro que habrá sido acertado.

Su tío no era una persona amable. Nunca lo había sido, por lo que ella sonrió con cierta gratitud por mostrarse tan cortés y comprensivo. Era de las pocas veces que recordaba haberle escuchado una palabra amable para alguien. Reconfortada por sus palabras y su actitud reprobadora respecto a la conducta de Alfred, avivó el paso más segura. El castillo era grande y el pasillo le correspondía, con lo que había conseguido la distancia justa para no sentir las miradas de su primo recorriendo su espalda.

Al llegar a las escaleras, Stephanie advirtió abatida que la luz de una luna casi llena delataba de nuevo sus formas rotundas de mujer. Se apresuró a subir los escalones, decidida a no dejar que su insidioso primo siguiera con sus groseros comentarios. Le sentía observándola con avidez y eso la repugnaba.

Las habitaciones del Castillo eran amplias y cómodas, pero también difíciles de caldear. Los amplios ventanales les permitían tener mucha luz de día y unas maravillosas vistas, pero también favorecía que el frío se instalase en ellas con libre albedrío. Ni las grandes chimeneas que las calentaban podían evitar que la humedad se instalara en los huesos. Stephanie estaba agotada pero sabía que como señora del Castillo le tocaba la labor de acomodarles lo mejor posible, por lo que se arrimó al fuego para coger un calientacamas que Martha ya había dejado preparado.

-Desde luego, queridísima sobrina cada día que pasa te pareces más a tu madre que en gloria esté – hizo una breve pausa - El fuego realza tanto tus encantos que no me extraña nada que se pierda la compostura y alguna que otra cosa ante tu belleza – dijo Lord Richard amonestando a Alfred con la mirada.

-Ya te lo decía yo padre. Que nuestra Stephanie se ha hecho toda una mujercita. No habrá hombre que pueda resistirse a esos oscuros ojos de fuego… - dijo Alfred mirándole impúdicamente ignorando conscientemente el consejo de su padre.

Stephanie hacia caso omiso a las palabras de Lord Richard y su primo. Intentando concentrarse en el ruido de los troncos al arder; observaba como la ambarina luz de la lumbre proporcionaba un juego de luces y sombras realmente atrayente.

-Milord, he preferido instalarte en la primera planta por bienestar tuyo, por incomodarte lo menos posible. Pensé que esta habitación sería de su agrado – dijo vacilante a su tío Richard. Notaba como le iban abandonando las fuerzas.

-Tranquila Stephanie, he dicho antes que tu elección me parecería adecuada. Y así lo ha sido. Gracias querida – La beso en la frente para despedirse de ella. - Hasta mañana. Que descanséis.

-Buenas noches padre –dijo Alfred con una leve inclinación de cabeza.

-Buenas noches, milord. Que descanséis. – dijo Stephanie cortésmente agradecida por el comportamiento tan afable que estaba demostrando su tío con ella. No era nada habitual en él.

Stephanie y Alfred salieron de la alcoba quedándose a solas en el largo pasillo. Un gran silencio se hizo entre ellos. Ella sentía como le ardían las mejillas, pero no quería que su primo notase cuanto la intimidaba. Subieron a la segunda planta donde se encontraba la habitación que Martha había preparado para Alfred. Iba siguiéndola por aquel laberinto de pasillos, saboreando cada titubeo, cada vacilación, como si de un trofeo muy especial se tratase. Una vez llegaron a la habitación, ella hizo un ademán indicando la entrada de la misma.

-Primo éste es tu cuarto, espero que lo encuentres de tu agrado – respiró profundamente, intentando disimular su nerviosismo, lo que no sirvió más que para que él se recreciera.

-Bueno, querida primita – la miró con descaro, rodeándola por la cintura enérgicamente con su brazo, decidido a no dejarla escapar. Cómo le excitaba su contacto, su olor... Sin duda había llegado el momento en que pagara todas sus insolencias. La acercó más él y le susurró con voz queda -¿Por qué no entras conmigo? Así celebraríamos cumplidamente mi llegada…

Cuando Stephanie sintió su aliento consiguió dar un paso atrás. Alfred, al intentar besarla casi perdió el equilibrio. Herido en lo más profundo de su ego, notó desbordarse su ira. No se le podía escapar esta vez. No iba a permitirlo.

-Será mejor que empieces a aceptar que eres mía… Sabes perfectamente que desde que entré por la puerta estaba esperando este momento -dijo Alfred mirándola altaneramente mientras apretaba con furia renovada el abrazo.

-Eso ni lo sueñes –dijo Stephanie intentado zafarse de su opresión – No me toques, Alfred. Eres el ser más despreciable que existe. ¡Déjame!

Alfred buscaba besarla vehementemente. En el forcejeo ella lo arañó, dejándole señalado algo más que la mejilla derecha, logrando desasirse.

-Está bien – dijo ofuscado por la negativa – Esta vez te has librado, pero aún no cantes victoria, porque tarde o temprano serás mía. – le dijo agresivamente.

Stephanie salió corriendo por el interminable pasillo. Subió los tres pisos que le separaban de su primo, sin descuidarse un instante, hasta llegar a lo que ella consideraba su refugio. Su alcoba se encontraba en la torre norte del Castillo, alejada del resto de las demás estancias. Gozaba de unas admirables vistas al lago, pero aquella noche hubiese preferido estar a mucha distancia.

Una vez dentro, cerró la puerta con llave y apoyó una silla en ella para bloquearla. Temía que su primo pudiera visitarla durante la noche; se dirigió a la ventana perdiendo la mirada en la oscuridad y de sus ojos volvieron a brotar lágrimas inconsolables por la tristeza que le invadía.
Le abrumaba su situación, la pérdida de su padre, su soledad, su desamparo. Su vida había cambiado tanto en un instante… Se preguntaba si sería verdad que los MacKay habían asesinado a su padre. ¿Sería posible? Entonces, porqué firmar el tratado de Paz.
Todo daba vueltas en su cabeza sin encontrar respuesta.

El cansancio se hacía insoportable por momentos. Decidió irse a descansar. Sólo quería olvidarse. Se decía que ya pensaría mañana en qué hacer. Y cómo.
Se acurrucó en el lecho aferrándose fuertemente a la almohada. Hacía más frío que de costumbre. Escuchaba golpear el viento en los amplios miradores, pero todo parecía por fin en calma. Cerró los ojos sin mucho convencimiento, temiendo pasar otra velada insomne. Deseaba descansar. De día todo sería más fácil… Hablaría con…Stephanie relajó sus hombros, el cuello, y sin apenas darse cuenta entró en un estado de plácido respiro, quedando profundamente dormida.

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