Capítulo II
Los rayos de sol acariciaban sus suaves mejillas. La mañana prometía ser agradable.
Aún estaba irritada por el incidente con su primo. Stephanie tenía que procurar mantenerse serena pues se avecinaba una dura jornada. Debía hacer frente a Alfred y a Lord Richard con entereza. Inspiró profundamente prometiéndose a sí misma que no se rendiría. Quería conservar todo aquello por lo que su padre tanto luchó y necesitaba buscar soluciones... Si no se daba prisa se vería obligada a huir, o a casarse con su primo, lo que era, más que una locura, una aberración. Tener que responder como esposa a semejante monstruo sería el peor de los castigos. Era tanta la repulsa que sentía hacia él, que cualquier otra cosa hubiese sido una salida aceptable. Si ese era el designio que le tenían asignado sería preferible morir. O marcharse de su amado Eilean Donan.
Mientras se decidía el futuro de ella y del Clan, el liderazgo de su tío como jefe del mismo sólo sería provisional: el Consejo de nobles tenía que dar su beneplácito a un posible sucesor y debido a la situación tan anómala que se planteaba, pues la única heredera era Stephanie, y ella era una mujer y en principio no podía ser nombrada jefe del Clan MacRae, las cosas no se presentaban nada favorables. Aparentemente, en ese momento no había nadie mejor que Lord Richard para ocupar este puesto, sobretodo porque era el único pariente directo, varón, que aceptaba sin remilgos el cargo. Pero como su padre bien decía, las apariencias son apariencias, y el miedo no era, sin duda, el mejor consejero. Aún tenía tiempo de buscar una solución. Algo se le tenía que ocurrir. Y pronto.
Los preparativos para el nombramiento del jefe del Clan tardarían todavía tres meses. Había que guardar luto y tomar decisiones que el Consejo no podría hacer a la ligera. Aún no estaba todo perdido. Si Stephanie encontraba un marido antes de esas fechas... Ella y Eilean Donan tenían una posibilidad de salvarse. Si Lord Richard proponía su casamiento con Alfred, la fuerza que tendría esa unión sería innegable, lo que haría que los nobles del Clan intentaran disuadirle de que dicha unión no sería tan disparatada y aunque nadie podría obligarle, las cosas, sin duda alguna, se complicarían, y mucho. Y además estaba el asunto de cómo se aclararía el oscuro asesinato de su padre. Porque si bien era cierto que ahora si se gozaba de una paz relativa, la emboscada a Sir Charles todo lo había trastocado.
Los campesinos habían vuelto a contar viejas historias que hacia tiempo enturbiaron la reputación de Lord Richard Volvía a comentarse que su tío, al casarse en segundas nupcias con la madre de Alfred, consiguió encabezar, de la noche a la mañana, uno de los clanes más ricos de sus tiempos, y a su vez, también esa unión les emparentó con los MacKinnon, poseedores de un fuerte ejercito, lo que les hacia los más fuertes candidatos para el Consejo. Y no todos habían olvidado cuantos infortunios por entonces ocurrieron. Y aunque si bien es cierto que nadie pudo nunca probar nada, corrieron, en esos años, muchos bulos sobre los métodos que Lord Richard utilizaba para conseguir materializar sus planes. Se llegó a hablar hasta de extrañas circunstancias en la muerte de sus dos esposas. Pero igual que empezaron, aquellos chismes desaparecieron de la noche a la mañana, justo cuando algunos campesinos fueron encontrados muertos. Durante muchos años nadie se atrevió a hacer ni un comentario más.
Cuando Alfred empezó con sus correrías el vulgo le empezó a profesar el mismo miedo irracional que tenían a su padre. Nadie osaba rebatirle. Se comentaba que mirarle a los ojos le había costado la perdida de un miembro a algún que otro mocetón pendenciero.
De pronto llamaron a la puerta
–Milady, ¿está despierta?- Era Martha.
Stephanie se apresuró a apartar la silla que bloqueaba la puerta.
–¡Querida Martha! ¿Se despertaron mi tío y mi primo ya?
-Sí milady. Desayunaron hace unas horas y salieron a montar a caballo. Lord Richard quería enseñarle las tierras a Alfred - haciendo una pausa la niñera se atrevió a añadir:
-Milady, estoy preocupada por usted. No pude evitar oír lo que pasó anoche, cuando su primo se lo estaba contando a Sir Richard durante el desayuno. …me refiero al arañazo de la mejilla…
-Martha – suspiro Stephanie – no temas. En realidad no pasó nada grave esta vez. Pude escaparme -suspiró – ¡Por esta vez, eso si! Pero bueno…
-Mi querida niña, le va a ser difícil estar huyendo siempre de su primo –replicó Martha preocupada -Le dobla en fuerza y no se dicen cosas muy buenas de él por ahí. Debería hablar con su tío…
-Ya lo sé, Martha –zanjó incómoda- Pero yo no puedo demostrarles cuánto les temo. Yo no puedo renunciar a todo aquello que mi padre y mis antepasados cuidaron con tanto esmero… y verlo en las manos de semejantes rufianes… – mirando fijamente a su querida niñera terminó diciendo - Me revuelve las tripas solo pensar que el título de Conde de Kintail pueda caer en parejas manos… No te dejes impresionar por los modales de mi tío. Es aún peor.
-Pero, milady ¿cómo va a conseguir que ellos no se hagan con todo?
-Mi tío está en una posición aventajada… momentáneamente, no lo olvides… Bien... Sé que él piensa luchar por sus derechos dinásticos, pero lo que él no sabe es que algunos nobles del Consejo no están de acuerdo con que él ocupe el lugar de mi padre. -Respirando profundamente, casi manteniendo el aire en sus pulmones, dijo -La verdad es que no sé como lo voy a conseguir… pero Eilean Donan nunca será suyo. Te lo aseguro.
Se hizo un silencio que Martha rompió sugiriéndole a Stephanie:
-Ya tiene diecisiete años… Creo que es una buena edad para casarse. ¿No le parece? - dijo Martha pícaramente mientras ayudaba a Steph a acomodarse un vestido excesivamente sobrio, que había elegido cuidadosamente, para que su belleza pasara algo más inadvertida. Pero aún así, estaba espléndida.
Martha sonrió maternalmente.
-Ya sé por dónde vas…Lo he pensado… De veras- añadió con una severidad impropia de una muchacha de su edad-…Pero ¿con quién?
-Sabe que su padre quería que se casara con el joven William MacKay. Todos deseábamos esa unión antes de la terrible desgracia de su padre.
-Sí, Martha, pero yo no conozco a Sir William y no puedo casarme a la desesperada. Todo lo que sé de él es que es un hombre solitario, arisco, frecuentador de mujeres de no muy buena reputación, aunque bellísimas, según he oído, de las que se deshace sin dificultad en cuanto se cansa de ellas. Y aunque los hombres lo admiren por su valentía y por su destreza en el combate, no creo que tenga lo que yo necesito para…Y además está lo de mi padre – Stephanie se detuvo un momento sorprendida de la profundidad de sus palabras. Inspiró profundamente para añadir más calmada –… Aunque, si he de serte sincera, no entiendo cómo pueden tener algo que ver en el asesinato de mi padre…
-Milady, he de informarle de que hay muchos que no creemos que los Mackay asesinaran a su padre. Tan solo hace unos pocos meses que se firmó la paz y cualquiera se daría cuenta de que no tiene sentido. Su padre les estimaba sinceramente… Y todo el mundo sabe que el Marqués de Sutherland y su Clan no son asesinos…
-Martha yo también lo creo así, pero si no fueron ellos, ¿quiénes? Todo apunta a que los que lo hicieron eran de ese clan. Y es tan obvio que no es lógico…No sé qué pensar…
-¡Oh! Debemos darnos prisa, mi niña. Es mejor que cuando lleguen esté todo listo.
-Si, Martha, si – respondió mecánicamente perdida en sus pensamientos.
La información que Martha le había dado, le hacía ver que no eran tan descabellados sus pensamientos. Saber que no era la única que sospechaba le hacía sentirse menos sola.
No hay comentarios:
Publicar un comentario