Capítulo III
Lord Richard y Alfred recorrían las bellas tierras que rodeaban Eilean Donan. Visitaron el pequeño poblado, las granjas que se situaban en las cercanías del Castillo, y subieron a las onduladas colinas desde donde podían divisar los límites de sus tierras con los MacKay.
-Padre, por fin conseguimos lo que tanto ansiabas. Eilean Donan pronto será tuyo.
-Hijo, todavía no tenemos en nuestra mano nada. Aún no le hemos propuesto el casamiento a Stephanie. Y no me parece que esté muy dispuesta. Si no aceptase, no creo que la obliguen a casarse contigo. Entonces aunque sería posible que obtuviese el cargo, si Steph se casase con otro… Y es más, temo que el idiota del hijo mayor del Marqués de Sutherland, temiendo que se les culpe del asesinato de tu tío, intente demostrar, para evitar la guerra, que no fueron ellos. Y es posible que lo consiga. Aún hay muchos cabos sueltos y entonces se complicarían mucho las cosas para nosotros. Sé a ciencia cierta que no quieren ningún derramamiento de sangre, y para ello estarán dispuestos a todo. William es un muchacho perspicaz e inteligente que no tardará mucho tiempo en darse cuenta, y eso sería fatal para nosotros… Ya habrás notado que no gozamos de las simpatías de la plebe y…
-¡Qué importa eso padre! -le interrumpió Alfred atropelladamente -Nunca sospecharán que fuiste tú. Nadie tiene el valor de enfrentársete. No creo que debas preocuparte.
-Aún tienes mucho que aprender – cortó ásperamente – No seas necio, Alfred. ¿No te diste cuenta de cómo nos miraba la gente del pueblo? Mi propio pueblo –añadió despechado- .Ése en el que nací y me crié, siempre me ha rechazado. Mi hermano era el favorito para todos. Y la gente nunca olvida…– se notaba el resentimiento en sus palabras- Me preocupa Malcom… Tendríamos que habernos desecho de él. Aun quedan muchos cabos por atar…
-Es el Consejo quien decide, no el pueblo. Tú por ser el único hermano superviviente del antiguo jefe del clan tienes derechos. Y Stephanie es sólo una mujercita fácil de manejar. Déjame a esa perra a mí… -añadió llevándose el dorso de la mano a su mejilla herida- Y de ese otro asunto, no te preocupes. Me ocupo yo.
-Ten cuidado con tu prima. Haz lo que quieras con ella, pero se discreto. Es un animal salvaje que mi hermano consintió y maleducó. Siempre hizo lo que le dio la gana. Y es capaz de fastidiarnos los planes…
-Ya sé que no será fácil domarla, pero al final lo conseguiré y será mía.
-Esa obsesión que tienes por ella nos puede traer problemas. Mi intención es que si acepta casarse contigo nos la quitemos de en medio en cuanto se consume el matrimonio…Y si no acepta, será mejor que nos deshagamos de ella antes de que nos dé más problemas -dijo señalándole la marca de la cara.
-Padre, no me vas a dejar mucho tiempo para disfrutar de ella – respondió Alfred entre maliciosas risas.
Lord Richard le dijo con seriedad -Hijo, no cambiarás nunca. Te advierto que esta vez no será fácil sacarte de los problemas en los que piensas meterte. Nos jugamos mucho y no estoy dispuesto a renunciar a lo que es mío… ni siquiera por ti…Entiendes…Ten cuidado, o, esta vez, yo no estaré allí. Te lo juro.
Ambos continuaron con su recorrido por las extensas colinas de hayas y brezo en un profundo silencio, cada uno absorto en sus propias maquinaciones.
Una vez que llegaron al castillo, se dirigieron al salón de armas. Stephanie se encontraba haciendo labores, cosa que desconcertó sobre manera a lord Richard que se la imaginaba desorientada y perdida, lo que hubiera sido muy beneficioso para sus planes. Nunca la relación entre tío y sobrina había sido siquiera cordial, pero por respeto a su padre Steph siempre intento ser prudente. Pero lo sucedido la noche anterior con Alfred, le dio la justificación y el valor para enfrentarse a ellos abiertamente.
-¿Os ha resultado placentero el paseo? – dijo ella en tono irónico.
-Querida sobrina, no te imaginas cuánto… Se me había olvidado lo que era pasear por nuestras tierras.
-Ahora que mi padre no está no vayáis a creer que algo de esto os pertenece –dijo sobresaltada. Semejante afirmación era lo último que estaba dispuesta a permitir.
-No voy a disimular más la repulsa que me causáis, así que seré breve –se levantó dejando caer al suelo lo que estaba haciendo con estrépito y lo miró de frente, encarándosele.
-Sé que estás resentido con la vida porque no fuiste más que el segundón, porque mi padre era el primogénito y por derecho era el heredero. Pero tú nunca estuviste a la altura de tu hermano y me alegra ser yo quien se atreva a decírtelo.
-Y qué más sabes, mocosa. No sé si debería abofetearte por tanta desfachatez o avergonzarme de cómo te malcrió mi hermano, pero quizá él tampoco tuvo la culpa de haber dejado como única descendencia a una hija solterona e insolente. De todas formas me gusta que muestres tus cartas tan abiertamente. Eres tan estúpidamente bella como tu madre, y eso, he de confesar, me provoca un inmenso placer…
-No te atrevas a mentar a mi madre –replicó ella abalanzándose sobre el con la mano levantada.
Lord Richard no tuvo ninguna dificultad en esquivar la agresión. En un cerrar y abrir de ojos Stephanie no pudo evitar que la, sujetara lascivamente a la altura del pecho.
-¿Qué haces? No me toques… Eres más despreciable que tu hijo…
-Sabes que no tienes escapatoria, así que te aconsejaría que no pongas las cosas más difíciles.
-No estés tan seguro. Aún no está todo dicho. ¡Suéltame ¡–dijo mientras intentaba zafarse de los brazos de su tío.
-Ja, ja, ja, – rió lord Richard apretando su abrazo – No hay duda querida, que hueles igual que tu madre. Aunque ella si que era toda una hembra…-se burló humillando aún más a la desorientada Steph.
-Querida sólo tienes unos meses… luego el Consejo dará el visto bueno a mis planes. Y sabes bien que tengo algunos devotos, amigos de la infancia, que harán todo cuánto les pida… y tú… tú solo eres una insolente desagradecida
-Ten cuidado tío. No sabes de lo que soy capaz… No sabes de lo que es capaz una mujer cuando no le teme a nada –dijo Stephanie desasiéndose del abrazo de su tío de un empellón.
-Sé que quieres que me case con Alfred, no soy tan tonta como piensas. Pero eso nunca pasará, ¡antes deseo la muerte!
-Cuidado prima con lo que deseas que se puede cumplir – dijo Alfred mientras se le acercaba ladinamente.
Stephanie notó como su cuerpo se tensaba instintivamente al reconocer la sucia mirada de su primo. No podía soportar la sola idea de sentirlo cerca -Debería haber hecho esto mucho antes –levantó su mano derecha y le abofeteó enérgicamente. Alfred se quedó paralizado, mirando como su padre se acercaba a grandes zancadas a la joven.
- Sé cuáles son vuestras intenciones… A mí no podréis engañarme…-replicó fuera de sí. -Además estoy segura que los Mackay no mataron a mi padre y pienso averiguar quién lo hizo…
En ese momento su tío perdió por completo la compostura, abalanzándose con fiereza sobre ella.
-¡Sabía que nos darías problemas, zorra! – exclamó zarandeándola con brutalidad. S. intentaba con denuedo zafarse de las garras de su tío cada vez más desquiciado.
-Es la última vez que me amenazas, pequeña perra.- le gritó propinándole un fuerte puñetazo que la dejó inconsciente.
Alfred se había quedado petrificado. Nunca había visto a su padre perder así el control. Vacilante aún se atrevió a preguntar:
-Padre, ¿ahora qué vamos a hacer? ¿Por qué la has pegado?- preguntó Alfred que no salía de su asombro.
-Escucha …–respondió Richard entrecortado intentando recuperar la calma- … ahora, lo primero… La llevaré a su habitación y la mantendremos encerrada allí, hasta que sepamos qué hacer con ella…
-¿Qué diremos? Preguntarán por ella, padre.
-Mientras yo la subo, corre y busca a Martha. Dile que se ha... desmayado, y al caer se ha golpeado… en la cabeza… ¡Ah! Y haz llamar a Eduard Steward, él nos ayudará –ordenó sir Richard a su hijo recuperando poco a poco el aliento y la compostura.
Alfred fue corriendo a buscar a Martha a las cocinas como le había ordenado su padre. Todavía muy alterado por lo sucedido, llamó al orden a Martha e hizo que uno de los sirvientes del castillo fuera a buscar a Eduard Steward.
Martha se dirigió apresuradamente al dormitorio de Steph temiendo por ella, y olvidando por completo su posición, apartó bruscamente a Lord Richard demandando explicaciones.
-¿Qué ha pasado? ¡Mi pobre niña! – Exclamó abrazándola- ¿Se dio un golpe? …¿Cómo?...- pregunto extrañada- ¡Mi niña, mi pobre niña! – lamentó.
-No sabemos… Martha …- aturdido ante la actitud poco respetuosa de la sirvienta- … estábamos discutiendo y de pronto… se cayó, golpeándose fuertemente contra el suelo…- añadió titubeante
-¡No puede ser!…-pensando en voz alta comentó-… estos días de sufrimiento por la muerte de mi señor… Sin comer… Sin descansar… No sé, no sé… ¿Pero se pondrá bien, verdad? – preguntó Martha muy angustiada.
-No se preocupe,- agregó cortante- Alfred ya se ha encargado de todo. Ha hecho llamar a un buen amigo mío, gran conocedor de estas cosas.
-…le haré algo caliente y suave para comer… Debe tomar algo –perdida en sus pensamientos dijo entre repetitivos movimientos de cabeza sin prestar mucha atención a sus palabras -Mi pobre niña… No se ha cuidado nada durante estos días…
-Sí - concluyó tajantemente- Vaya y prepárele algo.
Ambos salieron de la habitación.
-Martha, a partir de ahora la habitación de mi sobrina permanecerá cerrada. No quiero que nadie la moleste bajo ningún concepto. No sabemos lo que le sucede. Podría ser alguna enfermedad contagiosa. Y no querríamos que todos cayeran aquejados por el mismo mal –dijo en un tono que sonó a amenaza- Así que para evitar cualquier problema después de que cierre usted la puerta deberá entregarme la llave.
-¡Pero milord! Necesitará cuidados y quiero ser yo quien se los dé. –replicó Martha con decisión, sintiendo que algo no iba bien.
-No se preocupe por eso. Recibirá todas las atenciones que precise, Martha – y con un tono aun más tajante prosiguió con su discurso – Seremos mi hijo y yo quien la atendamos desde este mismo instante. ¿Queda claro?
-Pero… – replicó sin atreverse a continuar. Sabía que lord Richard se traía algo entre manos, pero ella no podía hacer nada. Sólo era una sirviente.
-No hay nada que discutir. Cierre la puerta y entrégueme la llave, por favor. También la maestra, no quisiera llevarme ninguna sorpresa. Es por su propia seguridad –le dijo autoritariamente.
-Milord, llevo encargándome de las llaves toda mi vida y los señores jamás han tenido una queja ¿Cree que voy hacer algo que no me estuviese permitido?
-Creo que está todo dicho. Deme la llave maestra y la de la habitación de Lady Stephanie. No le consiento que me replique.
Martha no continúo insistiendo, pues sabía que lord Richard no era buen enemigo y podría ser muy pronto el nuevo jefe del Clan y de Eilean Donan, así que cedió a su petición bajando visiblemente la cabeza en clara actitud de sumisión; pero todo le parecía muy extraño. Cerró la puerta y le entregó las llaves.
A partir de ese momento Steph quedaba indefensa a merced de sus parientes. ¡Pobre criatura!

No hay comentarios:
Publicar un comentario