13 mar 2012

Hidden Desires

Capítulo V

Dunrobin era, estéticamente, uno de los castillos más bellos de la época. Construido sobre un acantilado, lucía solemne desde tiempos vetustos sobre los territorios del Clan MacKay. Estaba rodeado de verdes praderas, majestuosas colinas, y arropado por una paz y un sosiego que, en aquella época de encarnizadas luchas y enfrentamientos, era difícil de imaginar.
El Marqués de Sutherland, Anthony Mackay, respetado y querido por todos, ostentaba ahora el cargo de jefe del clan. Era viudo y padre de dos hijos varones, William y James, de los que se sentía muy orgulloso. Y todos reconocían que no era para menos.
    Esa mañana se encontraban reunidos en la biblioteca de Dunrobin como lo habían estado muchas otras, pero algo había en el ambiente que la hacía claramente diferente. Se les veía nerviosos, alterados, por las equívocas narraciones que iban llegando del asesinato del Conde Charles. Atónitos y sobrecogidos por la noticia, no daban crédito a los últimos rumores, que si bien no les culpaban directamente, si ensombrecían su buen nombre. Estaban todos muy preocupados pues sabían lo que suponía otra vez pasar por lo mismo. Y no estaban los tiempos para otra terrible guerra entre clanes.
    -William, tranquilízate. ¿Qué tienes?
    -No sé, padre, estoy preocupado ante el hecho de que la historia se repita de nuevo –dijo William afectado.
    -Yo también, hijo, pero parece que hay alguien empeñado en que los Mackay y los MacRae no puedan vivir en paz. Lo único que está claro es que lord  Charles y dos de sus más fieles hombres fueron víctimas de una emboscada, y alguien se está tomando muchas molestias en apuntar que fueron los nuestros los causantes -respondió lord Anthony a William.
   James, que aunque era el menor de los dos hermanos, había heredado el carácter sereno y el tono conciliador de su madre, dijo intentando apaciguar los enervados ánimos –Nadie de los nuestros sería capaz de semejante villanía, y lo sabéis. Acabamos de firmar  la  Paz después de tantos años de luchas y negociaciones, ¿quien sería tan loco para siquiera insinuarlo?... Además en una emboscada! No es muy inteligente ir esparciendo semejantes embustes, ¿no creéis? --y después de una pequeña pausa afirmó- Está claro que nos quieren culpar, lo que significa que tenemos un enemigo, pero vosotros también sabéis que son muchos los que nunca creerán que eso pueda ser obra nuestra.
    -Sí, hermano. Sí – dijo William remisamente – Creo que tienes razón. Lo mejor sería ir a hablar con el jefe del clan en este momento y hacerle ver que nosotros no fuimos, -y con voz más ardorosa insistió- y si no se atienen a razones, entonces no nos quedara más que luchar por restaurar nuestro honor.
    -Hermano, creo que acabas de decir una soberana tontería – James comentó en tono sombrío – ¿Crees que nos van a dejar acercarnos a las tierras de los MacRae, así sin más? Además ahora no tienen jefe alguno…
    -Sí hijos  –interrumpió el Marqués –Tu hermano lleva razón, no es conveniente ir ahora; pero en cuanto a concertar una reunión con el Consejo no me parece una idea tan descabellada.
    -¡Padre, eso es un plan suicida!  No, nos darán opción – exclamó William- No recuerdas cuando…
    -Hijos, tengo 58 años y llevo luchando desde muy niño. Cómo no voy a recordar…Lord  Charles y yo fuimos amigos en el pasado. Cuando éramos jóvenes teníamos un sueño común: que ambos clanes gozaran de armonía y bienestar. Incluso luchamos juntos por ello –pensativo y melancólico prosiguió- Luego pasó lo de lady Mariela y todo se vino abajo. Tantos años de guerras ya han sido suficientes para Dunrobin. Y ahora que tan solo hace unos meses que por fin después de tantas luchas entre nuestros clanes, conseguimos firmar la paz… no puede ser que esto nos vuelva a suceder. No cometeré los mismos errores de entonces. Me ha costado mucho poder firmar este maldito documento… es más, no me importaría dar la vida por él. Pero no consentiré que se derrame ni una sola gota de sangre más. Quiero pasar los años que me queden en paz y tranquilidad.
    -Padre entendemos lo que dices; pero… ¿Qué vamos a hacer?– dijeron William y James.
   Se hizo un silencio, Sir Anthony pensativo esbozó unas palabras.
    -Se vuelve a repetir la historia. Y no puede ser por casualidad. La vida nos está dando la oportunidad de descubrir al culpable de tantos sufrimientos y ahora ya no soy un jovencito inexperto con más agallas que sentido común…! Perdóname William! Pero tu valor y arrojo no es lo más apropiado en esta ocasión – expresó abatido- Sé que eres todo corazón y pones tu mejor intención en todo cuanto haces, pero quizá en esta ocasión sea mejor tranquilizarnos y reflexionar sobre lo que James apuntaba…
    -Sí padre, pero a qué te refieres? ¿Qué es lo que se repite exactamente? –preguntó James intrigado por saber si sus sospechas tenían fundamento.
    -Nunca antes os lo he contado. Y quizá ya sea hora de dejaros que juzguéis por vosotros mismos si todo lo que sucedió fue inevitable o fue fruto de una maquinación orquestada para desestabilizarnos. Vosotros erais muy pequeños y no os acordareis de nada, pero hace aproximadamente catorce años, cuando murió la esposa de lord  Charles, se empezaron a correr rumores de que tuvimos algo que ver con aquel injustificable crimen… En aquel entonces ya fueron muchos los que coincidieron en sospechar que quienes propagaron semejante bulo fueron los mismos que nos embarcaron en aquel horror. Y quizá haya llegado por fin la hora de desenmascararlos.
    -Pero ¿qué fue lo que sucedió exactamente, padre?
    -Lord  Charles, hombre valiente y de honor como pocos, en uno de sus múltiples viajes conoció una mujer bellísima de la que quedó completamente prendado, hasta el punto que fue capaz de volver de nuevo a Italia para hacerla su esposa, lo que no fue recibido por igual por todos los miembros del Consejo, que hubiesen preferido algún enlace que afianzase pactos de índole más interno. No hacía mucho se habían apaciguado unas revueltas campesinas que de no haber sido por la pericia de mi buen amigo Charles me hubiesen costado la vida. La verdad es que no eran tiempos apacibles y quizá no era el mejor momento para emprender semejante aventura pero casi me atrevería a deciros que fue su propio hermano lord  Richard el que intentó, aprovechando el descontento de algunos, desbancarle aduciendo que se le había trastornado la razón, que no era dueño de sus actos para emprender semejantes andanzas. Pero como siempre que Richard está por medio, nunca se sabe con certeza cómo comenzó todo. Al parecer, convenció a gran parte del Consejo de que su hermano  para satisfacer un “capricho carnal”, estaba poniendo en peligro toda la región al dejarlos tanto tiempo sin un jefe  que se encargase de resolver todos los problemas cotidianos que, como ya sabréis, hasta en tiempos propicios se presentan a diario. Y de no haber sido por un hombre de gran valía, del que apenas si recordaréis el nombre, a su vuelta lord Charles se hubiese encontrado que todo cuanto dejó para buscar a su Mariela, como él la llamaba con tanto cariño, estaría en manos de su hermano.
    -Ya padre pero eso no explica… -interrumpió William impetuoso a su padre.
    -No me interrumpas, William. Sé paciente… Como os iba diciendo, fue Lord Guillermo, quien, adelantándose a los planes de lord  Richard, logró frenar las voces discordantes dentro del Consejo; quien consiguió que se esperase a la vuelta del su amigo  para tomar nuevas determinaciones. Mientras informado con urgencia de lo apremiante de la situación Charles llegó mucho antes de lo que se le esperaba, atajando con su sola presencia toda posible disensión. Pero aquello fue, indudablemente, algo más que un simple aviso, para todos, de que se estaba urdiendo una conspiración, que desgraciadamente ignoramos. Vino luego un breve periodo de falsa calma dónde sin duda Sir Charles, y hasta yo mismo, conseguimos ser muy felices ajenos a lo que se nos avecinaba. Y así de la noche a la mañana, con el inexplicable y salvaje asesinato de Lady Mariela y la rocambolesca historia que nos dejaba como únicos culpables empezó una época de horror donde la vida de cualquier miembro de los dos clanes carecía de valor. Donde la vida se convirtió en una cacería del hombre contra el hombre. No se respetaban ni a las mujeres ni a los niños en ninguno de los dos bandos. Sin saber cómo nos vimos en una sangrienta lucha de vecinos contra vecinos, de parientes contra parientes, donde no cabía la piedad. Se quemaban cosechas, se mataba al ganado con una furia irracional. De la noche a la mañana uno de mis mejores amigos se convirtió en mi más encarnizado enemigo, y yo no puedo decir que fuese mejor que él. Sólo acordarme de todo lo que hice y mandé hacer me avergüenza enormemente. Deseaba borrarlo del confín de la tierra. Cómo no odiar a ése que se había enorgullecido de llamarme amigo y que ahora destrozaba cada espiga, cada sueño que nacía en Dunrobin. Cuánto tiempo y cuánto sufrimiento me costó entender que ambos habíamos sido víctimas del mismo engaño. Con todas las veces que vuestra madre intentó hacerme ver que no era posible que Sir Charles estuviera detrás de todos aquellos atropellos…
    -¡No! Pero cómo pudo alguien hacer algo así… Y ¿lord  Charles? ¿Nunca intentó averiguar la verdad? ¿No erais tan amigos?  -afirmó William confuso ante las últimas revelaciones de su padre.
    -Vosotros no lo recordareis porque erais muy pequeños y además vuestra madre y yo intentábamos manteneros al margen de todo –respiró profundamente –La verdad hijos preferiría no recordar tiempos tan amargos, pero ya era hora de que conocieseis la verdad…
   -Está bien, padre, pero no sigáis si no lo deseáis –le dijo William muy afectado, preocupado por la frágil salud de su padre de un tiempo a esta parte -Tenemos todo el tiempo…
   Y tratando de poner alguna nota frívola para terminar la conversación James comentó burlón -Bueno padre, pero si William decide ir a territorio MacRae, avísame, pues no me importaría ver a la hija de Sir Charles –hizo una pausa- uhmmmmmm… tengo entendido que es una joven muy bella y que aún no ha encontrado marido. Y ya sabéis que, por aquí, andamos escasos de semejante material.
    Preocupado y triste Sir Anthony añadió sin hacer caso al último comentario de su hijo –Es verdad que sin duda es muy hermosa, pero, en realidad siento lástima por ella. Está sola y en manos del rufián de su tío Richard. ¡Pobre muchacha!
    -¿Qué quieres decir, Padre? -preguntó perspicaz William, al que los últimos comentarios de su hermano le habían despertado cierta curiosidad.
    -Su tío es un hombre egoísta y sin escrúpulos. Es demasiado ambicioso para no desear Eilean Donan a toda costa. No me extrañaría nada que el estuviera detrás de la muerte de su hermano; siempre odio a Charles. Y seguro que también tiene planes para Lady Stephanie.
   William afectado preguntó a su padre -¡Qué pena que esa joven se vea metida en un futuro tan incierto! ¿No podríamos hacer nada para salvarla de las garras de su tío?
    -Si, raptémosla, hermanito! – rió irónicamente James.
   Sir Anthony miró con cariño a sus hijos. Cuán orgullosa podía haber estado su madre, si aún viviera, de haberle dado dos hijos tan notables y tan nobles. Pero cuánto les quedaba aún por aprender.

Sir Arthur no se había percatado de que sus dos hijos ya eran participes de sus sospechas, aún antes de todo lo referido por su admirado padre. Y que, tanto James como William, harían todo cuanto estuviera en su mano por limpiar la reputación de su padre y salvaguardar una paz que tantas vidas había costado. Hasta la de su madre.

   Durante los siguientes días, cada uno por su cuenta siguió haciendo más averiguaciones sobre lo que se comentaba ya abiertamente por todas partes. Nadie sabía a ciencia cierta de dónde partían tales informaciones, pero todos coincidían en que cada vez se hacían menos creíbles y más descabelladas. Todo hacia indicar que ninguno del clan MacKay tenía nada que ver con aquello. Los demás clanes estaban también al tanto de los rumores, pero, por el momento, no los daban crédito, cansados ya de tantas mentiras. Esta vez las noticias jugaban a su favor. Todos afirmaban la inocencia de los MacKay: la nobleza y seriedad de éstos era reconocida por todos los clanes de las altas tierras.
   Si bien era cierto que todo aquello les facilitaba el intentar reunirse con los MacRae y demostrar que ninguno de los suyos tenía nada que ver en lo sucedido, no era suficiente. Ahora era primordial para evitar cualquier derramamiento de sangre medir a conciencia cada paso, y todos eran bien conscientes de ello.
   Mientras los días se sucedían en esta falsa calma, William se acordaba de las palabras de su padre y sentía cada vez más compasión por Stephanie. Aunque no la conocía, le parecía muy injusto que encima de sufrir la doble pérdida de sus seres más queridos tuviese que soportar los malévolos planes que, según su padre, tenía lord  Richard para ella. Empezaba a sentir cierto apego por ella que lo desorientaba, pero que se fue instalando en su rutina diaria sin esfuerzo. Se encontró tantas veces imaginándose en diferentes situaciones para abordarla, que ya le sorprendía más no tener algún pensamiento para ella. No era lógico, pero le agradaba la sensación de preocuparse por alguien tan frágil como esa jovencita. Siquiera sabía a ciencia cierta cómo era ella, pero ya ardía en deseos de conocerla..
Pero el que verdaderamente estaba intranquilo por aquella muchacha, y con razón, era Sir Anthony. Él si que sabía de lo que era capaz sir Richard.
Recordó cómo el mismo día en que se firmó la paz, lord Charles recuperando, casi de inmediato, aquella vieja amistad que ambos tenían, le hizo prometer que aconsejaría y cuidaría a Stephanie en el caso de que a él le pasara algo. Como si hubiera tenido una premonición sobre su propia muerte, y supiera que no iban a tener mucho tiempo para hablar, le confesó que hacía tiempo que había empezado a sospechar que había alguien interesado en continuar la enemistad de los clanes, y con los ojos llorosos le confesó que había empezado a comprender, aunque algo tarde para ellos, que era el mismo alguien que había iniciado toda aquella muerte y desolación. Aunque lord Charles no pronunció ningún nombre ahora estaba seguro de que ambos coincidían en señalar al mismo ser. Y ahora se encontraba de nuevo impotente frente a él: volvía a ganarlos con esa media sonrisa bobalicona que le colgaba de los labios. Ahora Sir Arthur no sabía cómo podría cumplir su promesa respecto a Sthephanie y no sabía por cuánto tiempo iba a ser posible mantener aquella Paz que tanta sangre y esfuerzo les había costado, a él y a aquel amigo querido con el estuvo peleado tantos años, por culpa, sin duda alguna, ya de lord Richard MacRae.

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