Capítulo V
Dunrobin era, estéticamente, uno de los castillos más
bellos de la época. Construido sobre un acantilado, lucía solemne desde tiempos
vetustos sobre los territorios del Clan MacKay. Estaba rodeado de verdes
praderas, majestuosas colinas, y arropado por una paz y un sosiego que, en
aquella época de encarnizadas luchas y enfrentamientos, era difícil de
imaginar.
El Marqués de Sutherland, Anthony Mackay, respetado y
querido por todos, ostentaba ahora el cargo de jefe del clan. Era viudo y padre
de dos hijos varones, William y James, de los que se sentía muy orgulloso. Y
todos reconocían que no era para menos.
Esa mañana
se encontraban reunidos en la biblioteca de Dunrobin como lo habían estado muchas
otras, pero algo había en el ambiente que la hacía claramente diferente. Se les
veía nerviosos, alterados, por las equívocas narraciones que iban llegando del
asesinato del Conde Charles. Atónitos y sobrecogidos por la noticia, no daban
crédito a los últimos rumores, que si bien no les culpaban directamente, si
ensombrecían su buen nombre. Estaban todos muy preocupados pues sabían lo que
suponía otra vez pasar por lo mismo. Y no estaban los tiempos para otra
terrible guerra entre clanes.
-William, tranquilízate.
¿Qué tienes?
-No sé,
padre, estoy preocupado ante el hecho de que la historia se repita de nuevo
–dijo William afectado.
-Yo también,
hijo, pero parece que hay alguien empeñado en que los Mackay y los MacRae no
puedan vivir en paz. Lo único que está claro es que lord Charles y dos de sus más fieles hombres
fueron víctimas de una emboscada, y alguien se está tomando muchas molestias en
apuntar que fueron los nuestros los causantes -respondió lord Anthony a
William.
James, que
aunque era el menor de los dos hermanos, había heredado el carácter sereno y el
tono conciliador de su madre, dijo intentando apaciguar los enervados ánimos
–Nadie de los nuestros sería capaz de semejante villanía, y lo sabéis. Acabamos
de firmar la Paz
después de tantos años de luchas y negociaciones, ¿quien sería tan loco para
siquiera insinuarlo?... Además en una emboscada! No es muy inteligente ir
esparciendo semejantes embustes, ¿no creéis? --y después de una pequeña pausa
afirmó- Está claro que nos quieren culpar, lo que significa que tenemos un
enemigo, pero vosotros también sabéis que son muchos los que nunca creerán que
eso pueda ser obra nuestra.
-Sí,
hermano. Sí – dijo William remisamente – Creo que tienes razón. Lo mejor sería
ir a hablar con el jefe del clan en este momento y hacerle ver que nosotros no
fuimos, -y con voz más ardorosa insistió- y si no se atienen a razones,
entonces no nos quedara más que luchar por restaurar nuestro honor.
-Hermano,
creo que acabas de decir una soberana tontería – James comentó en tono sombrío
– ¿Crees que nos van a dejar acercarnos a las tierras de los MacRae, así sin
más? Además ahora no tienen jefe alguno…
-Sí
hijos –interrumpió el Marqués –Tu
hermano lleva razón, no es conveniente ir ahora; pero en cuanto a concertar una
reunión con el Consejo no me parece una idea tan descabellada.
-¡Padre, eso
es un plan suicida! No, nos darán opción
– exclamó William- No recuerdas cuando…
-Hijos,
tengo 58 años y llevo luchando desde muy niño. Cómo no voy a recordar…Lord Charles y yo fuimos amigos en el pasado.
Cuando éramos jóvenes teníamos un sueño común: que ambos clanes gozaran de
armonía y bienestar. Incluso luchamos juntos por ello –pensativo y melancólico
prosiguió- Luego pasó lo de lady Mariela y todo se vino abajo. Tantos años de
guerras ya han sido suficientes para Dunrobin. Y ahora que tan solo hace unos
meses que por fin después de tantas luchas entre nuestros clanes, conseguimos
firmar la paz… no puede ser que esto nos vuelva a suceder. No cometeré los
mismos errores de entonces. Me ha costado mucho poder firmar este maldito
documento… es más, no me importaría dar la vida por él. Pero no consentiré que
se derrame ni una sola gota de sangre más. Quiero pasar los años que me queden
en paz y tranquilidad.
-Padre
entendemos lo que dices; pero… ¿Qué vamos a hacer?– dijeron William y James.
Se hizo un
silencio, Sir Anthony pensativo esbozó unas palabras.
-Se vuelve a
repetir la historia. Y no puede ser por casualidad. La vida nos está dando la
oportunidad de descubrir al culpable de tantos sufrimientos y ahora ya no soy
un jovencito inexperto con más agallas que sentido común…! Perdóname William!
Pero tu valor y arrojo no es lo más apropiado en esta ocasión – expresó
abatido- Sé que eres todo corazón y pones tu mejor intención en todo cuanto
haces, pero quizá en esta ocasión sea mejor tranquilizarnos y reflexionar sobre
lo que James apuntaba…
-Sí padre,
pero a qué te refieres? ¿Qué es lo que se repite exactamente? –preguntó James
intrigado por saber si sus sospechas tenían fundamento.
-Nunca antes
os lo he contado. Y quizá ya sea hora de dejaros que juzguéis por vosotros
mismos si todo lo que sucedió fue inevitable o fue fruto de una maquinación
orquestada para desestabilizarnos. Vosotros erais muy pequeños y no os
acordareis de nada, pero hace aproximadamente catorce años, cuando murió la
esposa de lord Charles, se empezaron a
correr rumores de que tuvimos algo que ver con aquel injustificable crimen… En
aquel entonces ya fueron muchos los que coincidieron en sospechar que quienes
propagaron semejante bulo fueron los mismos que nos embarcaron en aquel horror.
Y quizá haya llegado por fin la hora de desenmascararlos.
-Pero ¿qué
fue lo que sucedió exactamente, padre?
-Lord Charles, hombre valiente y de honor como
pocos, en uno de sus múltiples viajes conoció una mujer bellísima de la que
quedó completamente prendado, hasta el punto que fue capaz de volver de nuevo a
Italia para hacerla su esposa, lo que no fue recibido por igual por todos los
miembros del Consejo, que hubiesen preferido algún enlace que afianzase pactos
de índole más interno. No hacía mucho se habían apaciguado unas revueltas
campesinas que de no haber sido por la pericia de mi buen amigo Charles me
hubiesen costado la vida. La verdad es que no eran tiempos apacibles y quizá no
era el mejor momento para emprender semejante aventura pero casi me atrevería a
deciros que fue su propio hermano lord
Richard el que intentó, aprovechando el descontento de algunos, desbancarle
aduciendo que se le había trastornado la razón, que no era dueño de sus actos
para emprender semejantes andanzas. Pero como siempre que Richard está por
medio, nunca se sabe con certeza cómo comenzó todo. Al parecer, convenció a
gran parte del Consejo de que su hermano
para satisfacer un “capricho carnal”, estaba poniendo en peligro toda la
región al dejarlos tanto tiempo sin un jefe
que se encargase de resolver todos los problemas cotidianos que, como ya
sabréis, hasta en tiempos propicios se presentan a diario. Y de no haber sido
por un hombre de gran valía, del que apenas si recordaréis el nombre, a su
vuelta lord Charles se hubiese encontrado que todo cuanto dejó para buscar a su
Mariela, como él la llamaba con tanto cariño, estaría en manos de su hermano.
-Ya padre
pero eso no explica… -interrumpió William impetuoso a su padre.
-No me
interrumpas, William. Sé paciente… Como os iba diciendo, fue Lord Guillermo,
quien, adelantándose a los planes de lord
Richard, logró frenar las voces discordantes dentro del Consejo; quien
consiguió que se esperase a la vuelta del su amigo para tomar nuevas determinaciones. Mientras
informado con urgencia de lo apremiante de la situación Charles llegó mucho
antes de lo que se le esperaba, atajando con su sola presencia toda posible
disensión. Pero aquello fue, indudablemente, algo más que un simple aviso, para
todos, de que se estaba urdiendo una conspiración, que desgraciadamente
ignoramos. Vino luego un breve periodo de falsa calma dónde sin duda Sir Charles,
y hasta yo mismo, conseguimos ser muy felices ajenos a lo que se nos avecinaba.
Y así de la noche a la mañana, con el inexplicable y salvaje asesinato de Lady
Mariela y la rocambolesca historia que nos dejaba como únicos culpables empezó
una época de horror donde la vida de cualquier miembro de los dos clanes
carecía de valor. Donde la vida se convirtió en una cacería del hombre contra
el hombre. No se respetaban ni a las mujeres ni a los niños en ninguno de los
dos bandos. Sin saber cómo nos vimos en una sangrienta lucha de vecinos contra
vecinos, de parientes contra parientes, donde no cabía la piedad. Se quemaban
cosechas, se mataba al ganado con una furia irracional. De la noche a la mañana
uno de mis mejores amigos se convirtió en mi más encarnizado enemigo, y yo no
puedo decir que fuese mejor que él. Sólo acordarme de todo lo que hice y mandé
hacer me avergüenza enormemente. Deseaba borrarlo del confín de la tierra. Cómo
no odiar a ése que se había enorgullecido de llamarme amigo y que ahora destrozaba
cada espiga, cada sueño que nacía en Dunrobin. Cuánto tiempo y cuánto
sufrimiento me costó entender que ambos habíamos sido víctimas del mismo
engaño. Con todas las veces que vuestra madre intentó hacerme ver que no era
posible que Sir Charles estuviera detrás de todos aquellos atropellos…
-¡No! Pero
cómo pudo alguien hacer algo así… Y ¿lord
Charles? ¿Nunca intentó averiguar la verdad? ¿No erais tan amigos? -afirmó William confuso ante las últimas
revelaciones de su padre.
-Vosotros no
lo recordareis porque erais muy pequeños y además vuestra madre y yo
intentábamos manteneros al margen de todo –respiró profundamente –La verdad
hijos preferiría no recordar tiempos tan amargos, pero ya era hora de que
conocieseis la verdad…
-Está bien,
padre, pero no sigáis si no lo deseáis –le dijo William muy afectado,
preocupado por la frágil salud de su padre de un tiempo a esta parte -Tenemos
todo el tiempo…
Y tratando de
poner alguna nota frívola para terminar la conversación James comentó burlón
-Bueno padre, pero si William decide ir a territorio MacRae, avísame, pues no
me importaría ver a la hija de Sir Charles –hizo una pausa- uhmmmmmm… tengo
entendido que es una joven muy bella y que aún no ha encontrado marido. Y ya
sabéis que, por aquí, andamos escasos de semejante material.
Preocupado y
triste Sir Anthony añadió sin hacer caso al último comentario de su hijo –Es
verdad que sin duda es muy hermosa, pero, en realidad siento lástima por ella.
Está sola y en manos del rufián de su tío Richard. ¡Pobre muchacha!
-¿Qué
quieres decir, Padre? -preguntó perspicaz William, al que los últimos
comentarios de su hermano le habían despertado cierta curiosidad.
-Su tío es
un hombre egoísta y sin escrúpulos. Es demasiado ambicioso para no desear
Eilean Donan a toda costa. No me extrañaría nada que el estuviera detrás de la
muerte de su hermano; siempre odio a Charles. Y seguro que también tiene planes
para Lady Stephanie.
William
afectado preguntó a su padre -¡Qué pena que esa joven se vea metida en un
futuro tan incierto! ¿No podríamos hacer nada para salvarla de las garras de su
tío?
-Si,
raptémosla, hermanito! – rió irónicamente James.
Sir Anthony
miró con cariño a sus hijos. Cuán orgullosa podía haber estado su madre, si aún
viviera, de haberle dado dos hijos tan notables y tan nobles. Pero cuánto les
quedaba aún por aprender.
Sir Arthur no se había percatado de que sus dos hijos
ya eran participes de sus sospechas, aún antes de todo lo referido por su
admirado padre. Y que, tanto James como William, harían todo cuanto estuviera
en su mano por limpiar la reputación de su padre y salvaguardar una paz que
tantas vidas había costado. Hasta la de su madre.
Durante los
siguientes días, cada uno por su cuenta siguió haciendo más averiguaciones
sobre lo que se comentaba ya abiertamente por todas partes. Nadie sabía a
ciencia cierta de dónde partían tales informaciones, pero todos coincidían en
que cada vez se hacían menos creíbles y más descabelladas. Todo hacia indicar
que ninguno del clan MacKay tenía nada que ver con aquello. Los demás clanes
estaban también al tanto de los rumores, pero, por el momento, no los daban
crédito, cansados ya de tantas mentiras. Esta vez las noticias jugaban a su
favor. Todos afirmaban la inocencia de los MacKay: la nobleza y seriedad de
éstos era reconocida por todos los clanes de las altas tierras.
Si bien era
cierto que todo aquello les facilitaba el intentar reunirse con los MacRae y
demostrar que ninguno de los suyos tenía nada que ver en lo sucedido, no era
suficiente. Ahora era primordial para evitar cualquier derramamiento de sangre
medir a conciencia cada paso, y todos eran bien conscientes de ello.
Mientras los
días se sucedían en esta falsa calma, William se acordaba de las palabras de su
padre y sentía cada vez más compasión por Stephanie. Aunque no la conocía, le
parecía muy injusto que encima de sufrir la doble pérdida de sus seres más queridos
tuviese que soportar los malévolos planes que, según su padre, tenía lord Richard para ella. Empezaba a sentir cierto
apego por ella que lo desorientaba, pero que se fue instalando en su rutina
diaria sin esfuerzo. Se encontró tantas veces imaginándose en diferentes
situaciones para abordarla, que ya le sorprendía más no tener algún pensamiento
para ella. No era lógico, pero le agradaba la sensación de preocuparse por
alguien tan frágil como esa jovencita. Siquiera sabía a ciencia cierta cómo era
ella, pero ya ardía en deseos de conocerla..
Pero el que verdaderamente estaba intranquilo por
aquella muchacha, y con razón, era Sir Anthony. Él si que sabía de lo que era
capaz sir Richard.
Recordó cómo el mismo día en que se firmó la paz, lord
Charles recuperando, casi de inmediato, aquella vieja amistad que ambos tenían,
le hizo prometer que aconsejaría y cuidaría a Stephanie en el caso de que a él
le pasara algo. Como si hubiera tenido una premonición sobre su propia muerte,
y supiera que no iban a tener mucho tiempo para hablar, le confesó que hacía
tiempo que había empezado a sospechar que había alguien interesado en continuar
la enemistad de los clanes, y con los ojos llorosos le confesó que había
empezado a comprender, aunque algo tarde para ellos, que era el mismo alguien
que había iniciado toda aquella muerte y desolación. Aunque lord Charles no
pronunció ningún nombre ahora estaba seguro de que ambos coincidían en señalar
al mismo ser. Y ahora se encontraba de nuevo impotente frente a él: volvía a ganarlos
con esa media sonrisa bobalicona que le colgaba de los labios. Ahora Sir Arthur no
sabía cómo podría cumplir su promesa respecto a Sthephanie y no sabía por cuánto tiempo
iba a ser posible mantener aquella Paz que tanta sangre y esfuerzo les había
costado, a él y a aquel amigo querido con el estuvo peleado tantos años, por
culpa, sin duda alguna, ya de lord Richard MacRae.

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