26 feb 2012

Hidden Desires








Capítulo IV

Eduard fiel amigo de Sir Richard desde la infancia no tuvo inconveniente alguno a acudir a la llamada de éste. Aunque no ejercía desde hacía muchos años la medicina, era un estudioso de las ciencias y buen conocedor de drogas y remedios poco habituales.

   Lord  Richard bajó al antiguo despacho de su hermano y allí se reunió con su hijo. Cerraron la puerta y se aseguraron de que nadie les oyera.
   -Alfred, hijo -mostrando cierta preocupación- hay que actuar con rapidez. Tenemos que hacer creer a todos que Stephanie está muy enferma. Para eso se va a hacer imprescindible que no reciba ningún tipo de visita: sólo Eduard, tú y yo podremos verla. No me importa lo que quieras hacer con ella. Después de las drogas que pretendo que le hagan tomar, no creo que aguante mucho. Tendrá una muerte lenta para no levantar sospechas.
    -Padre, he de confesarte que nunca pensé que llegaría el momento de matarla. Creí en verdad que no haría falta…  Nunca supuse que nos fuera a dar tantos problemas. Parecía tan… -Alfred no encontró las palabras.
   -Yo tampoco  –respiró profundamente – pero ella sospecha que los Mackay no tienen nada que ver con el asesinato de su padre, y no hace falta ser excesivamente listo para ver quien se beneficia más con la muerte del Conde..
   -Entonces no nos queda otra salida –afirmó resignado.
   -Espero que Eduard nos ayude, todavía me debe varios favores. No tendrá una muerte dolorosa. No vayas a pensar que soy un monstruo y no me da lastima que una jovencita de mi sangre tenga que abandonarnos a una edad tan temprana -afirmó sarcásticamente sin dejar de observar  a su hijo-  No te preocupes, Alfred. No sufrirá.
      -En verdad me da cierta lástima  la pérdida de una dama tan bella, pero no te preocupes padre que ya tengo pensado cómo compensarlo –contestó burlonamente.
Sir Richard se mostraba nervioso por la tardanza de su amigo Eduard. Paseaba de un lado a otro del despacho con una copa que llenaba una y otra vez. Por fin, la puerta se abrió para anunciar la entrada de su acólito.
   -Lo siento, Richard, no me ha sido posible venir antes. No me encontraba en casa. Estaba en Inverness, ya sabes, en compañía de una bella señorita… -le hizo un guiño cómplice. Desprendiéndose de su capa le preguntó- ¿Cuál es la urgencia, amigo?
    -Eduard, tenemos un problema y espero poder contar con tu ayuda –le inquirió con tono convincente.
    -Por supuesto cuenta conmigo, no lo dudes.
   Entonces Lord Richard se apresuró a contarle los planes que le interesaba que Eduard conociera. Sabía que su amigo era un ser ambicioso y con pocos escrúpulos, fácil de engatusar. Poco a poco fue dejando que E. se creyera el artífice del plan que lord  Richard  ya había comenzado a urdir, con lo que se aseguraba además de la cooperación de su compinche, que éste no pudiera traicionarle. Dejó que E. se atribuyera el plan de ir envenenando progresivamente a Stephanie. Alfred no daba crédito a las habilidades de su padre y con gran admiración guardo silencio. Algún día él sería digno sucesor de tan maquiavélica mente. Para que la muerte de la sobrina no pareciera un asesinato propuso Eduard el uso de varias plantas. Cuando se proponía a hacer una intensa aclaración sobre los efectos de los malintencionados remedios, lord  Richard le interrumpió bruscamente con falsa indignación.
   -¿Pero sabes qué es lo que me estás diciendo? ¡Eso es un asesinato! – gritó ante el asombrado hijo que no se atrevía ni a moverse para no perderse ni una sola palabra del que le había dado la vida. Nunca había admirado tanto a su padre.
    -Sé, lo que es, no hace falta que me lo digas. Pero yo creía… –dijo E. algo desorientado al intuir un rechazo a sus encomiendas.
    -Lo siento pero no puedo… Estamos hablando de una joven que no ha… De mi sangre… ¿Por qué habría de querer matarla?
   Eduard ante los titubeos de su amigo recuperó  la compostura y siguió la perorata sin inmutarse.
    -Lo siento pero si dejas que viva, puede que averigüe cosas que nos llevarían a la muerte por traición –Richard, -en tono desafiante recordó- Me parece que has olvidado las cosas que se dijeron de ti, y que sin duda, conociéndote, son ciertas. No querrás que te refresque la memoria, ¿no? Además debes pensar en tu hijo…
    -Sí  padre, quizá debiéramos seguir las recomendaciones de Sir Eduard –intervino A. con la aquiescencia implícita de su padre.
    -No sé… Parece tan…
    -Será la última vez que me pidas un favor, con esto no te debo nada. Más bien serás tú, cuando goces de tu nueva posición, el que tendrás que hacer algo por mí. –dijo E.  apresuradamente como si no quisiera darle tiempo a arrepentirse- Te daré unas hierbas que deben ser hervidas en leche y en ellas echarás pequeñas cantidades de un veneno difícilmente reconocible. Si algo no saliera bien, dudo mucho que nadie reparase en ello. Te lo dejaré todo preparado para que no te resulte difícil administrar la dosis precisa. Es muy efectivo; lo conseguí de un curandero de Aberdeen en uno de mis viajes, y aunque no lo he probado todavía te garantizo que no te arrepentirás.
   -No sé. Quizá tengas razón –Dijo con una mirada triunfante que no le pasó desapercibida a Alfred-  Está bien. Pero todos deben creer que está enferma.  No te pediré que tú le des el veneno. Yo o Alfred se lo daremos, pero tú debes quedarte para guardar las apariencias –añadió lord R. más calmado.
    E. suspiró profundamente y dijo burlonamente -Está bien, no me dejáis otra salida. Para que están los amigos -dijo sintiéndose aliviado. Por un momento pensó que sus consejos no eran bien recibidos, y eso, dado el calibre de los mismos, hubiera sido muy peligroso para él- Tardará menos de un mes en morir. Será tan gradualmente, que todos creerán que murió porque contrajo algún tipo de fiebres. Eso sí, deberás decir que son muy contagiosas, para que nadie pueda visitarla.
   -Tranquilo ya me había ocupado de eso. Sólo nosotros tres podremos verla.
   Alfred se mantuvo en silencio durante la conversación, pero comenzó a  sentir curiosidad por el fatídico destino que le esperaba a su prima. Le admiraba lo duro y cruel que podía llegar a ser su padre.
   -Padre, podríamos llevarla algún convento y dejarla allí encerrada…
    Lord Richard no dejó terminar a su hijo – No, no puede ser. Está decidido.  No quiero correr ningún riesgo.  
    -Está bien, será como tú digas –dijo con una media sonrisa socarrona en los labios. La suerte de su prima estaba echada y su padre había dado su último golpe magistral haciendo responsable de sus planes a otro.

No hay comentarios:

Publicar un comentario